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viernes, 28 de noviembre de 2014

SECUESTRO NO ES SECUESTRO. POR FAVOR LAS COSAS POR SU NOMBRE.



     Juan Carlos Salazar J.

Ha hecho carrera en nuestra sociedad el intento de manipulación perversa de no llamar las cosas por su nombre, ahora resulta que secuestro no es secuestro sino retenidos ilegalmente o prisioneros de guerra. Ahora impuesto a la riqueza no es impuesto sino contribución contra la pobreza. Y recalco el hecho que esto está ocurriendo en todos los ámbitos sociales, no solo en la política, sino en la justicia, las empresas y hasta la religión. 

El no llamar las cosas por su nombre es solo un mecanismo de evadir responsabilidades y justificar ciertos hechos, es pues demagogia pura y dura, populismo irresponsable y descarado, es un juego de palabras o ardid para crear una imagen distinta a la realidad, para quedar bien con Dios y con el diablo.

Un pueblo con bajos índices de calidad de la educación como Colombia, donde se premia el camino corto sin importar las consecuencias, acepta tales afirmaciones como ciertas. No podemos ni debemos permitir que no se llama a las cosas por su nombre, en espacial cuando se intenta utilizar para unos en contra de otros y beneficiar a terceros. 

Desde la perspectiva cultural, este mecanismo engañoso es utilizado porque existen valores en la sociedad que difícilmente son modificables y que permiten a los miembros de ésta no aceptar ciertas situaciones o hechos que van en contra vía de los valores, pero al cambiar el nombre posiblemente la misma situación sea aceptada por aquellos que no sabe a ciencia cierta la razón por las cuales existen esos valores. Pero si sabemos porque tenemos valores y su importancia en la sociedad no seremos engañados con demagogia.

viernes, 1 de marzo de 2013

CRISIS DE VALORES


Me pareció un interesante comentario acerca de los valores, copio este mensaje de reflexión del Presidente de Bancolombia a propósito de la cultura de la viveza o malicia indígena.

La mal llamada malicia Indígena es un comportamiento cultural arraigado en nuestro país, pero las organizaciones no están excentas de padecer este flagelo. Como lo expresa el Dr. Yepes, este comportamiento afecta a la sociedad y la organización; por muy insignificante que sea, impacta en los factores estratégicos, se pierde una ventaja competitiva se genera una amenaza a la compañía por la mala imagen, desconfianza en los funcionarios y tal vez fugas de dinero.

¿Y dónde están nuestros valores?.
(Mensaje enviado a todos los funcionarios del banco)
Carlos Raúl Yepes
Presidente del Grupo Bancolombia. Publicado en El TIEMPO.

Quiero confesarles que hoy tengo un profundo pesar; hoy amanecí triste.
Esto que les voy a narrar pasó, desafortunadamente, en nuestra organización: un funcionario se ufanaba ante sus compañeros porque le había ‘metido un gol’ al Éxito. Esta persona ingresó a la página de internet de la cadena de almacenes, y dentro de las ofertas encontró un nevecón con un precio de $400.000… Se trataba de un error involuntario ya que el valor real del producto era de cerca de $4 millones.

Inmediatamente, incitó a sus compañeros a que ‘aprovecharan esta situación’, que no fueran ‘bobos’, que compraran ‘así fuera para revender’. Ya sabían del error, y en medio de nuestra cultura de viveza y de sentirnos orgullosos de ser avispados, muchos de nuestros compañeros compraron nevecones. El Éxito cumplió y perdió: a las casas de los funcionarios-compradores llegaron los electrodomésticos. A lo mejor están guardados, empacados, esperando ser revendidos.
 
Ante esta situación pregunto: ¿Les parece justo? ¿Acaso nosotros no debemos ser impecables en nuestro comportamiento dentro y fuera de nuestra organización? ¿Podemos hablar de valores cuando no los practicamos?  ¿Qué trascendencia les damos a los valores?
 
No es una pregunta limitada a los valores corporativos. Pregunto por los valores en la vida que, al final, son creencias compartidas y compartibles en todos los espacios: en la casa, en el trabajo, con los amigos, en nuestras diarias actuaciones. Puede parecer un tema etéreo, pero es tan esencial que por eso me parece importante compartir esta reflexión con todos mis compañeros. Para ser más concretos, la pregunta que planteo es: al advertir el error de otro, ¿me aprovecho de la situación o apoyo la corrección? ¿Qué pasaría si fuera alguno de nosotros quien cometiera un error en el ofrecimiento de un producto?
 
¿Esperaríamos la comprensión y el apoyo de los clientes? ¿O veríamos como normal que se aprovecharan de nuestro error?

Siempre tenemos que ponernos en los zapatos del otro. Ya lo dice el reconocido adagio popular: ‘no le hagas a los demás lo que no quieres que te hagan’.

En estos días leí en nuestra Intranet corporativa un artículo que hacía referencia al inadecuado uso del concepto ‘malicia indígena’. Me alegró mucho ver que estos temas se estén abordando al interior de nuestra organización y el nivel de respuesta que este planteamiento originó. Me queda la sensación de que esas ‘vivezas’ pueden ser valoradas como una manifestación de corrupción que no podemos admitir. Todos tenemos obligaciones legales y morales, y es fundamental establecer la importancia y complementariedad entre ellas. Puede ser que aprovechar el error del otro legalmente no tenga problemas porque el fallo no es mío.

Pero ¿moralmente qué pasa? ¿En dónde quedan los valores que definen la obligación que tenemos de no aprovecharnos de los errores del otro?

Nosotros en el Grupo Bancolombia tenemos unos valores fundamentales: cercanía, respeto, calidez e inclusión. Pero es una elección que hicimos que no excluye el reconocimiento y aplicación de muchos otros preceptos de vida que nos ayudan a ser mejores, por ejemplo, la confianza. Siempre será fundamental entender y aplicar la diferencia entre la oportunidad y el oportunismo; todas nuestras actuaciones suman y en cada paso nos jugamos la confianza que los demás depositan en nosotros. Con cada una de nuestras acciones comprometemos nuestra reputación, nuestro nombre.

Invito a todos para que siempre seamos coherentes entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. Pero sobre todo, los invito a que aprovechemos este proceso de transformación hacia una banca más humana como una oportunidad para nuestras vidas: creemos valor a través de los valores.

Ojalá podamos, todos los días de nuestras vidas, mirar a nuestros hijos y seres queridos a sus ojos y poderles decir, con orgullo, que somos seres íntegros en toda la extensión del concepto. Porque la integridad no admite términos medios: se es o no se es.
 Hoy amanecí triste y quise compartir las razones de este sentimiento con ustedes. Los invito a reflexionar, a pensar y a actuar con principios, con integridad: esto depende de cada uno de nosotros.